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Cuando aprender se hace cuesta arriba: las emociones también cuentan

Por Vercuentos
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Un niño se detiene ante un ejercicio mientras una persona adulta lo acompaña con calma, sobre un fondo ilustrado de emociones y aprendizaje

El ejercicio de matemáticas no sale. Borra una vez. Vuelve a probar. Suspira y aprieta el lápiz.

—No puedo. Se me da fatal.

¿Te suena? A veces el problema no es solo la operación. También están ahí la frustración, el miedo a equivocarse y las ganas de cerrar el cuaderno.

Cuando un niño se sienta a aprender, lo que siente también influye. Puede ayudarle a seguir probando y pedir ayuda, o hacerle pensar que no merece la pena intentarlo otra vez.

El mismo error puede sentirse de dos maneras#

Imaginemos a dos niños que fallan la misma pregunta.

Uno piensa: «Todavía no lo entiendo. Voy a probar de otra manera».

El otro piensa: «Siempre lo hago mal. Mejor lo dejo».

El error es el mismo. Lo que cambia es la historia que cada uno se cuenta sobre ese error.

Ahí podemos ayudar los adultos. No hace falta dar la respuesta. A veces basta con hacer que el siguiente paso parezca un poco más pequeño.

Respuestas que ayudan a seguir pensando
MomentoRespuesta automáticaUna alternativa más concreta
Dice «no puedo»«Claro que puedes, es muy fácil»«Vale, vamos poco a poco. ¿Quieres que miremos juntos por dónde empezar?»
Se equivoca otra vez«No estás prestando atención»«Ya sabemos que por aquí no era. ¿Probamos otra cosa?»
Empieza a enfadarse«Cálmate»«Esto te está enfadando. ¿Quieres una pista o paramos un momento?»
Consigue terminar«¿Ves como era fácil?»«¿Qué te ayudó a continuar cuando te atascaste?»

Inteligencia emocional, dicho de forma sencilla#

La inteligencia emocional consiste en darse cuenta de lo que sentimos y aprender a manejarlo. También nos ayuda a entender cómo se sienten los demás.

En una tarde de deberes puede ser algo tan cotidiano como:

  • notar que estamos empezando a enfadarnos;
  • decir «necesito una pausa»;
  • pedir una pista;
  • aceptar que nos hemos equivocado;
  • volver a probar de otra manera.

No significa estar tranquilo o contento todo el tiempo. Todos nos enfadamos, nos ponemos nerviosos o sentimos vergüenza. La idea no es esconder esas emociones, sino evitar que decidan por completo qué hacemos después.

¿Las emociones influyen en las notas?#

La respuesta corta es: parece que están relacionadas, pero no hay una fórmula directa.

Un gran estudio reunió información de más de 42.000 estudiantes. Otro revisó lo ocurrido con casi 20.000 alumnos de secundaria. En los dos casos, quienes manejaban mejor sus emociones solían obtener resultados académicos algo mejores.

Eso no quiere decir que la inteligencia emocional sea la causa de esas notas. Tampoco que trabajarla vaya a hacer que un niño apruebe un examen. Los estudios encuentran una relación, no una garantía.

¿Por qué podrían ir de la mano? Hay varias posibilidades:

  1. Es más fácil seguir cuando sabemos qué nos pasa. La frustración o los nervios pueden ocupar tanto espacio que cuesta pensar.
  2. Pedir ayuda también forma parte de aprender. Hablar con un compañero o explicar una duda puede desbloquear una tarea.
  3. Las relaciones importan. Sentirse acompañado y poder resolver pequeños conflictos hace más llevadero el día a día en clase.

Las familias no necesitamos recordar cifras ni nombres de estudios. Basta con quedarnos con una idea: lo que un niño siente mientras aprende también merece atención.

Cómo podemos ayudar sin convertirlo en otra lección#

No hace falta hablar de emociones cada vez que se abre un cuaderno. Y cuando un niño está muy enfadado, un discurso largo suele ayudar poco.

Podemos probar con algo más sencillo:

1. Describir sin juzgar

«Llevas un rato probando y parece que esto te está cansando» abre más puertas que «te rindes enseguida». Una frase cuenta lo que está pasando. La otra convierte un mal rato en una etiqueta.

2. Hacer pequeña la siguiente acción

Cuando toda la tarea parece enorme, podemos preguntar: «¿Qué parte sí entiendes?» o «¿Por dónde empezamos?». No hace falta resolverlo todo de golpe.

3. Ofrecer opciones sencillas

«¿Quieres una pista o prefieres parar dos minutos?». Elegir entre dos opciones puede devolver un poco de control sin dejar al niño solo ante el problema.

4. Hablar después, no en plena tormenta

Cuando el momento haya pasado, podemos recordar juntos qué ayudó. Quizá fue beber agua, levantarse un momento o escuchar el problema con otras palabras. Así vamos reuniendo ideas para la próxima vez.

Una nota no cuenta toda la historia#

Una calificación nos dice una parte de lo ocurrido, pero deja muchas cosas fuera. No muestra si el niño pidió ayuda, cambió de idea o volvió a intentarlo después de una pausa.

Por eso, además de preguntar «¿qué nota has sacado?», podemos probar con:

  • «¿Qué parte te costó más?»
  • «¿Qué hiciste cuando te atascaste?»
  • «¿Quién o qué te ayudó?»
  • «¿Hay algo que ahora entiendas mejor?»

Puede que responda «no sé» o que no quiera hablar en ese momento. También está bien. Acompañar no es interrogar.

Un error dice que algo no ha salido todavía. No dice que un niño sea torpe, vago o incapaz.

Las emociones son una pieza, no toda la explicación#

Un mal resultado puede tener muchas causas: una explicación que no se ha entendido, cansancio, falta de tiempo, una dificultad de aprendizaje o una tarea que no encaja con lo que el niño necesita.

Por eso no sería justo decir: «Si controlases mejor tus emociones, sacarías mejores notas». La inteligencia emocional no debe convertirse en una nueva presión.

Si el malestar aparece a menudo, es muy intenso o hace que aprender resulte casi imposible, conviene hablar con el centro educativo y buscar orientación. Primero escuchamos lo que está pasando. Después pensamos juntos qué ayuda necesita.

Fuentes y metodologíaEstudios y lecturas de referencia5 estudiosConsultar
  1. 2020

    Carolyn MacCann, Yixin Jiang, Luke E. R. Brown, Kyle S. Double, Micaela Bucich y Amirali Minbashian

    Emotional Intelligence Predicts Academic Performance: A Meta-Analysis

    Psychological Bulletin · 146(2), 150–186 · DOI 10.1037/bul0000219

  2. 2020

    Nicolás Sánchez-Álvarez, María Pilar Berrios Martos y Natalio Extremera

    A Meta-Analysis of the Relationship Between Emotional Intelligence and Academic Performance in Secondary Education: A Multi-Stream Comparison

    Frontiers in Psychology · 11, 1517 · DOI 10.3389/fpsyg.2020.01517

  3. 2013

    Harsha N. Perera y Michelle DiGiacomo

    The relationship of trait emotional intelligence with academic performance: A meta-analytic review

    Learning and Individual Differences · 28, 20–33 · DOI 10.1016/j.lindif.2013.08.002

  4. 2024

    Zhenfei Zhou, Hamed Tavan, Forouzan Kavarizadeh, Mandana Sarokhani y Kourosh Sayehmiri

    The relationship between emotional intelligence, spiritual intelligence, and student achievement: a systematic review and meta-analysis

    BMC Medical Education · 24, 217 · DOI 10.1186/s12909-024-05208-5

  5. 2020

    Pilar Puertas-Molero, Félix Zurita-Ortega, Ramón Chacón-Cuberos, Manuel Castro-Sánchez, Irwin Ramírez-Granizo y Gabriel González-Valero

    La inteligencia emocional en el ámbito educativo: un meta-análisis

    Anales de Psicología · 36(1), 84–91 · DOI 10.6018/analesps.345901

Cómo leer estas fuentes: Estas investigaciones encuentran asociaciones y resultados en contextos distintos. No permiten afirmar que la inteligencia emocional garantice mejores notas.

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