Las emociones no son un problema que haya que eliminar. Son una oportunidad para enseñar a los niños a conocerse mejor.
Hay momentos en los que todos los padres se hacen preguntas parecidas.
- ¿Por qué una cosa tan pequeña provoca una rabieta enorme?
- ¿Por qué un día parece feliz y al siguiente llora por cualquier cosa?
- ¿Por qué a veces no sabe explicar lo que le pasa?
La respuesta suele ser la misma: todavía está aprendiendo a entender sus emociones.
Y eso es completamente normal.
Un niño no nace sabiendo reconocer cuándo siente frustración, vergüenza, decepción o miedo. Igual que necesita tiempo para aprender a leer o montar en bicicleta, también necesita aprender a comprender lo que ocurre dentro de él.
La buena noticia es que ese aprendizaje puede acompañarse cada día, en casa y con pequeños gestos.
Antes de enseñar a controlar una emoción, ayúdale a comprenderla
Cuando un niño está muy enfadado solemos intentar que deje de estarlo cuanto antes.
Es una reacción normal. Queremos que deje de sufrir.
Pero para un niño es muy difícil calmar una emoción que ni siquiera entiende.
Imagina que un día empiezas a sentir una molestia muy fuerte en el pecho y nadie te explica qué está pasando. Probablemente sentirías todavía más miedo.
Con las emociones ocurre algo parecido.
Cuando un adulto pone nombre a lo que el niño siente, el cerebro empieza a organizar esa experiencia.
En lugar de decir «No pasa nada».
Prueba con «Parece que estás muy frustrado porque no ha salido como esperabas».
No estamos alimentando la emoción. Estamos ayudándole a comprenderla.
No tengas prisa por solucionar el problema
Muchos niños no buscan una solución inmediata.
Buscan sentirse comprendidos.
Cuando un niño llora porque ha perdido un dibujo o porque un amigo no ha querido jugar con él, nuestra primera reacción suele ser ofrecer soluciones.
Sin embargo, muchas veces lo primero que necesita es notar que alguien entiende por qué está triste.
Después será mucho más fácil buscar una solución juntos.
A veces la mejor ayuda no consiste en resolver el problema. Consiste en permanecer a su lado mientras aprende a resolverlo.
Las emociones se aprenden observando
Los niños escuchan lo que decimos.
Pero aprenden mucho más de lo que ven.
Si un adulto pierde la calma constantemente, el niño aprenderá que esa es una forma normal de reaccionar.
En cambio, cuando ve a un adulto decir:
Ahora mismo estoy enfadado. Voy a respirar un momento antes de seguir hablando.
Está aprendiendo una estrategia real para gestionar sus propias emociones.
No necesitamos ser perfectos. Solo necesitamos mostrar que nosotros también aprendemos.
Cinco frases que ayudan mucho más de lo que parece
A veces una sola frase puede cambiar completamente una conversación.
Son pequeños cambios de lenguaje, pero transmiten algo muy importante: tus emociones son válidas y podemos entenderlas juntos.
Una rutina de cinco minutos que fortalece la inteligencia emocional
No hace falta dedicar una hora al día.
Cinco minutos pueden marcar una diferencia enorme.
Antes de dormir podéis hablar sobre tres preguntas:
- ¿Qué te ha hecho más feliz hoy?
- ¿Ha habido algún momento difícil?
- ¿Qué has aprendido de lo que has sentido?
No se trata de encontrar respuestas perfectas.
Se trata de acostumbrar al cerebro a mirar hacia dentro y poner nombre a las emociones.
Con el tiempo, ese hábito facilita que los niños expresen mejor lo que sienten y pidan ayuda cuando la necesitan.
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