Cuento
La sombra que crecía
Una tablet rota, una mentira y una sombra que no deja de seguir al protagonista. Un cuento infantil sobre las mentiras, el miedo a decir la verdad y la confianza en la familia.
- Cuentos para pensar juntos
- Fragmento abierto

- Una situación cotidiana
- Cuando cuesta decir la verdad
- Para compartir
- En familia o en el aula
- Hablamos de
- Sinceridad, miedo y confianza
Leamos juntos
Daniél tenía 9 años y sabía perfectamente que no debía tocar la tablet de su hermana.
No era una tablet cualquiera. Era la nueva. La que sus padres le habían regalado por su cumpleaños y que su hermana cuidaba como si fuera de cristal.
—Ni se te ocurra tocarla sin pedir permiso —le había dicho ella muchas veces.
Y Daniél siempre respondía lo mismo:
—Que sí, pesada.
Aquella tarde, su hermana estaba en inglés y sus padres terminando unas tareas en casa. La tablet estaba sobre la mesa del salón, con la funda azul abierta y la pantalla apagada.
Daniél pasó por delante una vez.
Luego otra.
Se sentó en el sofá.
Miró la tablet.
Solo quería ver un juego. Nada más. Un minuto.
La cogió con cuidado, como si por hacerlo despacio no estuviera haciendo nada malo. Deslizó el dedo por la pantalla. Probó un juego. Luego otro.
Cuando oyó a su padre acercarse por el pasillo, se sobresaltóSe asustó o se sorprendió de repente.Se sobresaltó al oír un golpe en la puerta..
La tablet resbaló de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
Daniél se quedó helado.
Durante un segundo no se atrevió ni a respirar. Después la recogió deprisa.
La pantalla tenía una grietaUna abertura fina en algo que se ha roto.El vaso tenía una grieta en un lado. fina en una esquina. No era enorme, pero se veía. Claro que se veía.
—No, no, no… —susurró.
Intentó pasar el dedo por encima, como si pudiera borrarla. Nada.
La dejó sobre la mesa, exactamente donde estaba antes. O eso pensó él..
Cuando su hermana volvió, fue directa al salón.
—¿Quién ha tocado mi tablet?
Daniel notó cómo se le calentaban las orejas.
—Yo no.
Su hermana miró la pantalla.
—Está rota.
Su padre se acercó.
—Dani ¿has sido tú?
Daniel tragó saliva.
Vio la cara de su hermana. Vio a su padre esperando una respuesta. Vio la grieta brillando.
Y pensó en el castigo. En la bronca. En su hermana diciendo que nunca más confiaría en él.
—No —dijo al fin—. Yo no he sido.
Nadie habló durante unos segundos.
Su padre lo miró un poco más, como si quisiera creerle.
—Entonces intentaremos averiguar qué ha pasado —dijo.
Daniel asintióMovió la cabeza para decir que sí.Asintió cuando le preguntaron si quería jugar..
Pero al girarse para salir del salón, la vio. Una sombra pequeña, pegada a sus pies.
Al principio pensó que era la luz de la ventana.
Dio un paso. La sombra dio otro.
Se paró. La sombra también.
Daniel miró hacia atrás. No había nadie.
Aquella noche, durante la cena, su hermana apenas habló. Sus padres estaban serios. La tablet descansaba sobre la encimera como un misterio que nadie sabía resolver.
—Quizá se cayó sola —dijo Daniel, sin mirar a nadie.
En cuanto lo dijo, sintió como si algo tirara suavemente de sus tobillos.
Miró debajo de la mesa. La sombra se había hecho un poco más grande. Oscura. Callada.
Y empezaba a parecerle imposible ignorarla...


