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Cuento

Cuento: El jardín sin invierno

Cuentos con valores
Por Adriana Fraile
Cuentos para pensar juntos
Lira contempla el cielo azul desde una rama del jardín, bajo un techo de cristal transparente

Dos veces al año, cuando el aire cambiaba de olor, las aves viajeras levantaban el vuelo.

No necesitaban carreteras ni carteles. Bruma, la más anciana, sabía leer las corrientes de aire, reconocer las montañas desde muy lejos y encontrar el norte mirando las estrellas.

—El cielo siempre nos cuenta dónde estamos —decía—, pero hay que aprender a escucharlo.

Lira volaba cerca de ella. Era joven, curiosa y todavía se confundía cuando las nubes ocultaban la luna.

—¿Y si algún día olvido el camino?

—Entonces observarás, preguntarás y volverás a intentarlo —respondía Bruma—. Para eso sirven las alas: no para saber siempre adónde ir, sino para poder buscar el camino.

Aquel otoño, una tormenta sorprendió a la bandada antes de alcanzar las montañas. El viento doblaba las ramas y la lluvia pesaba sobre sus plumas. Necesitaban descansar.

Entre los árboles apareció entonces algo extraordinario: un jardín lleno de arbustos con frutos, estanques de agua limpia y comederos rebosantes de semillas.

En medio del jardín trabajaba un hombre llamado Elio. Al verlas llegar, dejó sus herramientas en el suelo.

—Podéis quedaros —les dijo—. Aquí hay comida para todas.

Las aves se miraron con desconfianza. Nunca habían encontrado tantas semillas juntas. Bruma probó una, después otra, y comprobó que eran buenas.

—Descansaremos esta noche —decidió—. Mañana continuaremos el viaje.

Pero a la mañana siguiente seguía lloviendo.

Elio volvió a llenar los comederos y Lira pensó que no tenía sentido enfrentarse al viento con un lugar así justo debajo de sus patas.

Se quedaron un día más.

Luego otro.

Cuando por fin salió el sol, varias aves propusieron continuar. Otras miraron las montañas cubiertas de nubes.

—Podríamos esperar hasta que haga mejor tiempo.

El jardín era cómodo. Nadie tenía que madrugar para buscar semillas, competir por los frutos o recorrer kilómetros para encontrar agua. Cuando un comedero se vaciaba, Elio aparecía y volvía a llenarlo.

Pasó una semana. Después, dos.

Una mañana llegó un viento helado. Elio construyó una pared de cristal en el lado norte del jardín.

—Así estaréis protegidas —explicó.

Las aves se refugiaron detrás del cristal. Allí el aire apenas se movía y resultaba mucho más fácil conservar el calor.

—Ha sido una buena idea —dijo Lira.

Bruma contempló la pared durante unos instantes, pero no respondió.

Días después, el viento cambió de dirección. Elio levantó una segunda pared.

—Solo hasta que termine el frío.

Nadie protestó. Todavía podían volar por encima de los cristales y, además, la comida seguía llegando puntualmente.

El invierno avanzó. Apareció una tercera pared, después una cuarta y, más tarde, un techo que cubría una parte del jardín para impedir que entrara la lluvia. Elio dejó una gran abertura en el centro, desde la que todavía podía verse el cielo.

Cada nueva protección ocupaba un poco más de espacio, pero nunca parecía lo bastante importante como para marcharse.

—Mañana hablaremos con Elio —decían algunas aves.

—Cuando termine el invierno continuaremos el viaje —decían otras.

Entretanto, dejaron de observar las nubes. Ya no necesitaban saber cuándo llovería. Dejaron de buscar los árboles que daban fruto en cada estación. Dejaron de volar largas distancias.

Bruma intentaba reunir a las crías para enseñarles a orientarse.

—Buscad la estrella que permanece casi inmóvil mientras las demás parecen girar a su alrededor.

Pero las aves jóvenes preferían jugar junto a los comederos.

—¿Para qué necesitamos las estrellas? —preguntaban—. Sabemos perfectamente dónde está la comida.

Lira tampoco acudía ya a las lecciones. Se había acostumbrado a dormir hasta que escuchaba a Elio verter las semillas.

Una noche cayó la mayor nevada del invierno. Elio observó a las aves acurrucadas y sintió miedo de que alguna saliera, se perdiera en la tormenta y muriera de frío.

—Aquí estarán seguras —se dijo.

Subió al tejado y colocó un último cristal sobre la abertura.

A la mañana siguiente, el jardín estaba más cálido que nunca. No entraba nieve, no soplaba viento y los comederos estaban llenos.

Sin embargo, había algo extraño.

No se movía ni una hoja.

No se escuchaba el murmullo del aire.

Lira levantó la cabeza. Sobre ella seguía estando el cielo, azul y luminoso, pero ahora se encontraba al otro lado del cristal.

Voló hacia la abertura y chocó contra el techo.

Lo intentó de nuevo.

El cristal no se movió.

Las aves comenzaron a revolotear de un lado a otro. Buscaron un hueco entre las paredes, una rama que sobresaliera o una esquina sin cerrar. No encontraron ninguno.

—¡Elio nos ha encerrado! —gritó Lira.

Durante un rato, todo fue confusión. Después, alguien oyó caer semillas en los comederos.

Algunas aves, cansadas y hambrientas, descendieron para comer.

—Quizá no sea tan grave —dijo una de ellas—. Aquí tenemos todo lo que necesitamos.

—Y fuera hace frío —añadió otra.

Bruma permaneció mirando el techo.

Entonces Nilo, un polluelo nacido aquel invierno, se posó a su lado.

—¿Qué hay detrás del cristal?

—El cielo.

—¿Y para qué sirve?

Bruma tardó en responder.

—Para elegir hacia dónde volar.

Nilo desplegó sus pequeñas alas.

—¿Y para qué sirven estas si nunca podemos salir?

Nadie supo qué contestar.

Lira recordó las montañas, el olor de los bosques y las noches en las que había seguido a Bruma bajo miles de estrellas. Recordó también la pregunta que había hecho durante su primer viaje: “¿Y si algún día olvido el camino?”.

Ahora comprendía que olvidar el camino no era lo peor.

Lo peor era dejar de buscarlo.

Cuando Elio entró en el jardín, todas las aves estaban esperándolo.

—Solo quería protegeros —explicó al escuchar sus quejas—. Fuera hay hambre, tormentas y peligros. Aquí nada puede haceros daño.

—También nos diste alimento cuando estábamos agotadas —reconoció Lira—. Nos ayudaste y te lo agradecemos. Pero después decidiste por nosotras.

—Pensé que, si podíais salir, alguna se marcharía durante una tormenta.

Bruma se acercó despacio.

—Un refugio es un lugar en el que puedes elegir quedarte. Si no puedes marcharte, aunque sea hermoso, se convierte en una jaula.

Elio miró los árboles, los estanques y los comederos que había cuidado con tanto esmero. Nunca había pensado que su jardín pudiera ser una jaula.

Finalmente retiró uno de los cristales del techo.

El aire frío entró de golpe. Las hojas se agitaron y las aves celebraron el regreso del viento.

Lira extendió las alas para salir, pero apenas consiguió elevarse. Después de tantos meses sin viajar, sus músculos se habían debilitado. A las demás les ocurrió lo mismo. Las crías ni siquiera sabían cómo atravesar una corriente de aire.

La salida estaba abierta, pero todavía no eran libres para elegir.

Durante las semanas siguientes, las aves volvieron a aprender.

Bruma les enseñó a observar las nubes. Lira practicó con Nilo cómo mantener el equilibrio cuando soplaba el viento. Elio dejó de colocar toda la comida en los comederos y escondió algunas semillas entre los arbustos para que pudieran buscarlas.

Al principio se cansaban enseguida. Se equivocaban, caían y tenían que volver a intentarlo. Poco a poco, sus alas recuperaron la fuerza.

Cuando llegó la primavera, la bandada se reunió bajo la abertura.

Algunas aves decidieron emprender el viaje. Otras prefirieron quedarse un poco más. Esta vez, cada una pudo escoger.

Lira salió junto a Bruma y Nilo. Antes de alejarse, dio una vuelta sobre el jardín.

—¿Regresaréis? —preguntó Elio.

—Quizá —respondió Lira—. Pero regresaremos porque queremos, no porque no sepamos vivir en otro lugar.

Pasaron las estaciones.

El jardín continuó ofreciendo alimento y descanso a las aves cansadas. Elio conservó algunas paredes para protegerlas de los peores vientos, pero nunca volvió a cerrar la abertura del techo.

Y quienes llegaban hasta allí podían encontrar siempre dos cosas:

un lugar en el que recuperar fuerzas

y un pedazo de cielo por el que continuar su camino.

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