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¿Por qué los niños preguntan tanto? Cómo acompañar su curiosidad sin apagarla

Por vercuentos
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Niña observando una hoja con una lupa en un rincón lleno de objetos para explorar

—¿Por qué la Luna parece seguirnos cuando caminamos?

—¿Por qué las hojas cambian de color?

—¿Y cómo sabe una brújula dónde está el norte?

A veces las preguntas llegan cuando tenemos tiempo para disfrutarlas. Otras aparecen mientras buscamos las llaves, preparamos la cena o intentamos terminar algo importante. Y cuando el quinto «¿por qué?» llega seguido, es comprensible que nos falten el tiempo, la energía o las palabras.

Pero detrás de muchas de esas preguntas hay algo precioso: un niño intentando comprender el mundo y confiando en nosotros para acercarse a él.

No necesitamos tener todas las respuestas. Podemos acompañar la curiosidad desde un lugar mucho más cercano: escuchando, pensando juntos y dejando espacio para descubrir.

Preguntar es una forma de acercarse al mundo#

Cuando un niño pregunta, no se limita a pedir un dato. A menudo ha encontrado algo que no encaja con lo que ya sabía: una diferencia, una sorpresa o un pequeño vacío que desea comprender.

La investigación de la psicóloga Michelle Chouinard analizó preguntas infantiles en conversaciones cotidianas y en distintas situaciones de exploración. Sus resultados apoyan la idea de que los niños utilizan las preguntas para obtener información concreta cuando la necesitan, resolver problemas y transformar lo que saben. Cuando no reciben una respuesta informativa, muchas veces vuelven a preguntar.

Esto no significa que todas las preguntas tengan la misma intención. Algunas buscan una explicación; otras expresan preocupación, desean anticipar lo que ocurrirá o simplemente abren un momento de conexión. La curiosidad no sigue un calendario idéntico para todos, ni existe una cantidad «correcta» de preguntas que un niño deba hacer.

Por eso, antes de responder, puede ayudarnos pensar: ¿qué necesita realmente con esta pregunta?

Una respuesta puede cerrar la conversación o abrir una puerta#

En un estudio de Brandy Frazier, Susan Gelman y Henry Wellman, los niños de edad preescolar reaccionaron de forma diferente según recibieran una explicación o una respuesta que no explicaba realmente el porqué. Tras las explicaciones tendían a mostrar acuerdo o a formular una nueva pregunta relacionada; cuando la respuesta no aclaraba la causa, era más frecuente que repitieran la pregunta o propusieran su propia explicación.

No hace falta contestar con una conferencia. Una explicación breve, adaptada a su edad y conectada con lo que está observando puede ser suficiente:

  • «La sombra cambia porque nosotros nos movemos respecto a la luz».
  • «La planta necesita luz, agua y otras condiciones. ¿Cuál crees que podría faltarle?».
  • «No sé por qué ocurre eso. Podemos intentar descubrirlo».

Decir “no lo sé” no rompe la confianza. Cuando es honesto y va acompañado de interés, muestra que no saber todavía también forma parte del aprendizaje.

Acompañar no es convertir la curiosidad en un examen#

Devolver una pregunta puede invitar a pensar, pero conviene hacerlo con cuidado. «¿Tú qué crees?» suena muy distinto cuando nace de la curiosidad compartida que cuando esconde una prueba con una única respuesta válida.

«¿Qué has observado?»

Empieza por su experiencia y por aquello que ha llamado su atención.

«¿Qué te hace pensar eso?»

Permite escuchar su razonamiento antes de corregir o completar la respuesta.

«¿Qué pasaría si cambiamos esto?»

Abre posibilidades y convierte una idea en algo que se puede explorar.

«¿Cómo podríamos comprobarlo?»

Ayuda a pasar de la explicación imaginada a una observación o prueba segura.

«¿Lo pensamos juntos?»

Recuerda al niño que no tiene que acertar ni investigar solo.

La explicación del adulto y la exploración infantil no son enemigas. Se necesitan. Un experimento de Elizabeth Bonawitz y sus colaboradores observó que, en una situación concreta con un juguete nuevo, una demostración directa hizo que los niños descubrieran menos funciones por sí mismos. No significa que enseñar sea perjudicial, sino que si mostramos inmediatamente todo el camino podemos dejar menos espacio para probar otros.

Cinco formas de cuidar una pregunta cotidiana#

Recíbela antes de responder

Una mirada, un «qué pregunta tan interesante» o repetirla en voz alta demuestra que la hemos escuchado, incluso cuando no podemos detenernos todavía.

Conecta con lo que ya sabe

Recupera algo vivido: «¿Te acuerdas de lo que pasó con el hielo al sol?» o «Esto se parece a lo que vimos en el jardín».

Acércala a la realidad

Observar, tocar, comparar o hacer una prueba sencilla enriquece la conversación. Una linterna permite explorar sombras y una semilla, cambios que necesitan tiempo.

Busca con él, no solo para él

Haz visible cómo se elige una fuente, se comparan explicaciones y se reconoce cuándo una información no parece fiable.

Vuelve a la pregunta

Retomarla más tarde transmite algo importante: tu pregunta merecía ser recordada, aunque la primera duda ya se haya convertido en otra.

Cuando pregunta en el peor momento#

Acompañar con cercanía no significa estar disponible de forma ilimitada. Los adultos también nos cansamos, tenemos prisa y necesitamos atender otras cosas.

En lugar de responder «ahora no» sin más, podemos cuidar el vínculo y poner un límite realista:

«Quiero escuchar esa pregunta, pero ahora mismo no puedo pensarla contigo. Vamos a apuntarla y la retomamos después de cenar».

Lo importante es intentar volver a ella. Y si un día se nos olvida o respondemos con impaciencia, siempre existe la posibilidad de reparar: «Antes no pude escucharte bien. ¿Quieres volver a contarme lo que te preguntabas?».

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de que la curiosidad encuentre, la mayoría de las veces, un lugar seguro al que regresar.

Una actividad: el frasco de las grandes preguntas#

Una niña y una adulta guardan preguntas en papeles de colores dentro de un frasco

Esta propuesta puede hacerse en familia, en el aula o en cualquier grupo. Solo necesitamos un frasco, papeles y algo con lo que escribir o dibujar.

Actividad en familia o en el aula

Un frasco para investigar juntos

  1. Guardad las preguntas

    Cada persona escribe o dibuja aquello que le gustaría descubrir. No hay preguntas tontas ni demasiado pequeñas.

  2. Elegid una

    Una vez a la semana sacad un papel. Si la pregunta es enorme, buscad una parte concreta por la que empezar.

  3. Imaginad posibles respuestas

    Antes de buscar información, cada persona comparte lo que cree y explica por qué. Todavía no se puntúa ni se corrige.

  4. Decidid cómo investigar

    Podéis observar, hacer un experimento seguro, consultar un libro, preguntar a alguien o buscar una fuente fiable.

  5. Contad lo descubierto

    Anotad o dibujad lo aprendido y, sobre todo, las nuevas preguntas que hayan aparecido.

La actividad no necesita terminar siempre con una respuesta cerrada. Algunas preguntas nos acompañan durante años. Aprender a convivir con un «todavía no lo sabemos» también puede ser una experiencia valiosa.

La curiosidad puede encontrar espacio para crecer#

La psicóloga Cristine Legare ha estudiado cómo los resultados inesperados y el intento de explicarlos pueden orientar la exploración y la formulación de nuevas hipótesis en niños pequeños. Más recientemente, una intervención escolar aleatorizada publicada por Sule Alan e Ipek Mumcu encontró, en ese programa concreto, mejoras en curiosidad, retención de conocimientos y resultados de ciencias que se mantenían años después.

Estos estudios no ofrecen una receta universal ni convierten cada pregunta en un resultado académico. Sí nos recuerdan algo lleno de posibilidad: los entornos que permiten preguntar, investigar y compartir lo descubierto pueden cuidar las ganas de aprender.

Podemos empezar con algo muy pequeño. Mirar una hoja. Seguir el recorrido de una hormiga. Preguntarnos por qué aparece un arcoíris. Abrir un cuento y detenernos antes de la última página para imaginar qué ocurrirá.

No necesitamos saberlo todo para acompañar a un niño curioso. A veces basta con detenernos, mirar a su lado y atrevernos a preguntar con él.

Fuentes y metodologíaEstudios y lecturas de referencia5 estudiosConsultar
  1. 2007

    Michelle M. Chouinard

    Children's questions: A mechanism for cognitive development

    Monographs of the Society for Research in Child Development · 72(1) · DOI 10.1111/j.1540-5834.2007.00412.x

  2. 2009

    Brandy N. Frazier, Susan A. Gelman y Henry M. Wellman

    Preschoolers' search for explanatory information within adult-child conversation

    Child Development · 80(6), 1592–1611 · DOI 10.1111/j.1467-8624.2009.01356.x

  3. 2011

    Elizabeth Bonawitz y colaboradores

    The double-edged sword of pedagogy: Instruction limits spontaneous exploration and discovery

    Cognition · 120(3), 322–330 · DOI 10.1016/j.cognition.2010.10.001

  4. 2012

    Cristine H. Legare

    Exploring explanation: Explaining inconsistent evidence informs exploratory, hypothesis-testing behavior in young children

    Child Development · 83(1), 173–185

  5. 2024

    Sule Alan e Ipek Mumcu

    Nurturing childhood curiosity to enhance learning: Evidence from a randomized pedagogical intervention

    American Economic Review · 114(4), 1173–1210 · DOI 10.1257/aer.20230084

Cómo leer estas fuentes: Ayudan a comprender tendencias y contextos, pero no sustituyen la observación de cada niño, su momento vital ni sus necesidades particulares.

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Cómo empezó todo ¡Hola! Soy Adriana, la persona que está detrás de Vercuentos. Soy graduada en Ingeniería Informática por la Universitat Politécnica de Valencia. A lo largo de los años he trabajado en ámbitos muy diferentes y, casi sin darme cuenta, he ido aprendiendo también diseño gráfico y edición de vídeo de forma autodidacta. Mirando…