
Había una vez una hermosa mariposa llamada Violeta que brillaba con colores deslumbrantes.
Pasaba horas admirando su propio reflejo en el estanque, arreglando sus delicadas antenas y desplegando sus alas con orgullo.
Sin embargo, su obsesión por su apariencia y la constante admiración propia la había llevado a aislarse de los demás, generándole una sensación de soledad y tristeza a pesar de su evidente belleza.
Un día, mientras volaba entre los árboles, se encontró con una oruga gordita y feliz llamada Olivia.
Aunque Olivia no deslumbraba con los mismos colores vibrantes que Violeta, emanaba una personalidad encantadora y una actitud positiva que atraía a todos a su alrededor.
Violeta no pudo evitar compararse con Olivia y le dijo:
—¿Cómo puedes estar tan feliz con esa figura? ¡Mira lo hermosa que soy yo! ¿No te gustaría ser como yo?
Olivia sonrió con tranquilidad y respondió:
—No, gracias. Me gusta ser quien soy y estoy feliz con mi vida.
Las palabras de Olivia sorprendieron a Violeta. Le costaba comprender cómo alguien podría sentirse tan seguro de sí mismo sin tener que depender de la admiración de los demás.
Comenzó a reflexionar sobre el tiempo que pasaba admirándose a sí misma y cómo eso afectaba su relación con los demás.
Desde ese día, decidió dejar de preocuparse tanto por su apariencia y se esforzó en ser una mejor amiga y compañera para los demás animales del bosque.
Y es que la verdadera belleza no proviene únicamente de la apariencia física, también de la personalidad y la actitud.


