
Un valle entre el miedo y la esperanza#
Un incendio puede transformar un paisaje en pocas horas, pero no borra los vínculos de quienes lo habitan. Beli vive feliz junto a su madre en el Valle de Iruelas, rodeado de árboles, agua y animales, hasta que una tarde de verano el fuego los obliga a abandonar su hogar.
Cuando regresan, el valle ya no es el mismo. Sin embargo, los animales y las personas que lo quieren empiezan a cuidarlo juntos. «Cuando el fuego llegó al valle» invita a conversar sobre la pérdida, la ayuda mutua, la responsabilidad de proteger la naturaleza y la esperanza que acompaña a cada nuevo comienzo.
Sobre la autora#
Este cuento ha sido escrito por Sonsoles Maroto Díaz, maestra desde hace casi 20 años.
Sonsoles ha ejercido en dos pueblos de la provincia de Ávila y siempre le ha gustado trabajar las emociones con su alumnado a través de los cuentos. Hace unos años decidió crear sus propias historias para ayudar a otros maestros y maestras a trabajar valores y emociones en el aula.
Puedes seguir su trabajo docente en Instagram:
Cuando el fuego llegó al valle#
Beli era un ciervo que vivía en un paraje muy especial llamado el Valle de Iruelas.
En aquel valle crecían muchas especies de árboles. Había mucha naturaleza, un gran pantano que lo bordeaba y animales muy diversos: ciervos, ardillas, erizos, jabalíes y también buitres negros.
Allí Beli era feliz y disfrutaba de todo el entorno que lo rodeaba. Todos los días aparecían muchos humanos que, al igual que los animales, querían disfrutar de aquel paisaje tan particular.
A Beli le gustaba mucho recorrer el valle. Por eso, él y su madre salían a menudo a pasear junto al resto de los ciervos.
—Mamá, ¿a que vivimos en un lugar muy bonito?
—Claro que sí. Es tan bonito porque está protegido: es una reserva natural. Por eso se intenta cuidarla y evitar que nadie pueda hacerle daño.
—Me alegro de vivir en un sitio así porque sé que siempre podré disfrutar de él —decía Beli mientras intentaba alcanzar a su madre, que iba delante. Aunque llevaba en su pancita al hermanito de Beli, no había perdido su agilidad.
Sin embargo, una tarde de verano, Beli vio cómo todos los animales salían corriendo. Intentó preguntar qué pasaba, pero nadie le contestaba. Todos tenían mucha prisa y huían apurados.
Beli solo quería dar un paseo junto a su madre y el resto de los ciervos por el bosque, pero estaba empezando a asustarse.
De repente, vio una gran llamarada avanzar a toda velocidad por el valle hacia donde se encontraba y sintió mucho, mucho calor. Beli se quedó paralizado: no sabía qué hacer. Entonces llegó su madre y lo empujó hacia delante.
—¡Vamos, hijo, corre! Tenemos que irnos. ¡Estamos en peligro!
—Pero… ¡es nuestra casa! ¿Cómo vamos a irnos de aquí?
—Porque, si no lo hacemos, el fuego llegará hasta aquí y nos quemará.
—Pero, mamá… Tú dijiste que este era un valle protegido.
—Sí, cariño, pero hay cosas contra las que no podemos luchar. Ni siquiera el lugar más protegido del mundo está a salvo del fuego o de la acción humana.
—Entonces… ¿tenemos que irnos de nuestra casa?
—Sí, hijo, al menos hasta que todo acabe.
Beli y su madre corrieron todo lo rápido que pudieron y lograron escapar lejos del alcance del fuego.
Desde su refugio vieron cómo el incendio se llevaba todo lo que había formado parte de su vida: sus árboles, sus plantas, su hábitat y muchas de las especies animales que convivían con ellos.
Observaron cómo su valle dejaba de ser un lugar hermoso para convertirse en destrucción y desolación.
Permanecieron en aquel escondite durante dos días, hasta asegurarse de que era seguro volver a casa. Allí se alimentaron de lo que encontraron por el suelo e intentaron resistir hasta poder regresar.
Pasados los dos días, emprendieron el camino de vuelta. Lo que encontraron los puso muy tristes: todo estaba cubierto de una extraña ceniza negra, los árboles habían desaparecido, la tierra se había secado y muchos animales ya no estaban.
Beli se puso muy triste y empezó a llorar.
—¡Nuestra casa, mamá! ¡Nos hemos quedado sin nuestro valle!
Su madre lo abrazó con ternura.
—No, hijo. Solo se ha destruido una parte, y todos podemos ayudar a que vuelva a ser como era.
Pronto aparecieron más ciervos y otros animales que habían sobrevivido al incendio. Juntos buscaron una zona del valle que no hubiera sido devorada por las llamas para construir allí su hogar. Se instalaron en la parte que aún resistía, cerca del agua.
Todas las mañanas cogían agua del pantano con la boca y refrescaban la zona. Poco a poco, todos los animales empezaron a colaborar.
Pronto, las personas que también habían sufrido aquel incendio pusieron su granito de arena: plantaron árboles e intentaron recuperar el valle.

Poco después vino al mundo el hermanito de Beli. Fue un rayito de esperanza entre tanta oscuridad y demostró que el ciclo de la vida sigue adelante.
Así aprendieron que todos formamos parte de ese ciclo y que somos responsables de cuidar y proteger la naturaleza para que la cadena no se rompa.
Fin.


