➤ SOBRE EL CUENTO
A veces la calma desaparece sin que nadie se dé cuenta. Una discusión, una sensación de injusticia o unas palabras dichas sin pensar pueden hacer que la ira aparezca como una tormenta difícil de parar.
En “Vamos a calmarnos”, Marina acompaña a sus alumnos Alberto y José para ayudarles a parar, respirar y encontrar una forma más tranquila de expresar lo que sienten.
Se trata de un cuento sencillo y cercano para hablar con niños y niñas sobre la ira, la respiración, la convivencia y la importancia de no dejar que el enfado hable por nosotros. Forma parte de la colección «Cuentos para aprender a querernos, cuidarnos y emocionarnos», una serie de historias pensadas para ayudar a niños y niñas a comprender mejor sus emociones y los valores que les acompañan en su día a día: empatía, respeto, la importancia de creer en uno mismo, el agradecimiento y la capacidad de valorar lo verdaderamente importante de la vida.
➤ AUTORA
Este cuento ha sido escrito por Sonsoles Maroto Díaz, maestra desde hace casi 20 años.
Sonsoles ha ejercido en dos pueblos de la provincia de Ávila y siempre le ha gustado trabajar las emociones con su alumnado a través de los cuentos. Hace unos años decidió crear sus propias historias para ayudar a otros maestros y maestras a trabajar valores y emociones en el aula.
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Instagram de Sonsoles➤ CUENTO COMPLETO
Marina lleva unos días preocupada porque en su clase se ha ido la calma. Algo que sienta tan bien, pero que a veces es tan difícil conseguir…
Y es que hay momentos que la ira se apodera de nosotros y desata una tormenta que es muy difícil de parar.
Esto pasaba con Alberto y José, de la clase de Marina. Cada vez que sentían que algo era injusto o no les gustaba lo que pasaba en la clase, o que discutían entre ellos o con algún compañero, la ira se apoderaba de ellos y les hacía sacar, sin pensar, todo aquello que llevaban dentro, y esto que soltaban por la boca, a veces eran palabras que podían hacer daño a sus compañeros, pero de eso no se daban cuenta hasta después de haberlo soltado.

Marina llevaba varias semanas asistiendo a algunos de estos momentos en que la ira hacía acto de presencia en su clase, y sabía que tenía que hacer algo para evitar que la situación llegara a un momento en que no pudiera controlarse:
– Venga, chicos, vamos a calmarnos. Yo creo que debemos pensar en lo que ha pasado y decir aquello que nos ha molestado, pero tranquilamente.
– Es que siempre a mí. Es injusto. Hay otros niños que también dicen cosas y nadie los regaña- contestó Alberto.
– Si los regañamos, lo que pasa que tú estás tan centrado en lo que a ti te parece injusto que piensas que a los demás no los regañamos, pero sí lo hacemos.
– Eso es mentira- respondió José. En esta clase siempre regañas a los mismos.
Enseguida, los compañeros salieron a defender a sus amigos. Una amplia mayoría de la clase defendía a Alberto, mientras que unos pocos defendían a José. Pero Marina sabía que ninguno de los dos tenía razón, no hasta que aprendieran a controlar esa rabia que les dominaba por dentro:
– Venga, a ver, chicos, vamos a intentar relajarnos y soltar lo que tenemos dentro tranquilamente. Lo primero que tenemos que hacer es parar, y respirar profundamente.
Aunque al principio les costó un poco porque seguían cada uno empeñado en lo suyo, finalmente decidieron seguir las instrucciones de Marina, esperando ellos también que aquello que tanto les enfadaba se parase.
Durante unos minutos, los dos niños consiguieron parar y respirar al ritmo que les iba mandando su profesora.
– Ahora vamos a imaginar algo bonito, un lugar en el que nos gustaría estar ahora mismo y que nos transmita mucha paz.
Los dos niños cerraron los ojos:
Alberto se imaginó que estaba montando a caballo, que era lo que más le gustaba hacer y le relajaba, mientras que José se imaginaba en Valencia, en la playa, puesto que allí tiene su familia una casa. Cuando Marina vio que los dos niños estaban viajando a ese lugar soñado, les fue poco a poco haciendo volver a la realidad y, cuando ya se hubieron incorporado, les dijo:
– Bien, ya hemos viajado a un lugar bonito y tranquilo para nosotros, hemos disfrutado de estar allí e imagino que os habréis quedado un poco más tranquilos.
– Si, profe, a mí uno de los caballos me llevaba por un campo precioso, lleno de plantas y con un bonito riachuelo con una pequeña cascada- dijo Alberto.
– Pues yo estoy en la playa, disfrutando del sonido de las olas- contestó José.
– Pues ahora, chicos, vamos a soltar todo lo que tenemos dentro. Nos vamos a subir a la mesa y vamos a gritar todo lo fuerte que podamos, intentando no molestar a los compañeros que están en clase.
Y así lo hicieron. Alberto y José, seguidos de sus compañeros de clase, se subieron a las mesas y empezaron a soltar aquello que tanta rabia les daba. Pero de repente, se callaron, y empezaron a escucharse risas. Se lo estaban pasando tan bien… Habían olvidado aquello que tanto les enfadaba para disfrutar de estar subidos en una mesa, algo que no era habitual.
Pronto se dieron cuenta de que no tenía sentido enfadarse, que había cosas mucho mejores y más divertidas, así que decidieron que, cada vez que les entraran ganas de gritar o insultar a alguien por estar enfadados, primero pensarían en algo bonito y que les transmitiese paz, y después se subirían a la mesa para soltar aquello que llevaban dentro.
Por eso, desde aquel momento, la calma volvió a la clase, y, aunque la ira aparecía de vez en cuando, porque también es un sentimiento que nos ayuda a crecer, aprendieron a controlarla y que no se apoderase de ellos y la clase volvió a ser tan tranquila como era antes.

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